Por: Germán Laris
La separación física y el fuera de lugar son entendidos por Carlos Larracilla como factores para que los recursos imaginativos desarrollen una razón de ser, la sensación de las medusas desplazándose armónicamente en su elemento, es la forma en que Larracilla va descifrando el orden superior que domina a través de la sección áurea y la geometría secreta. Las secuencias de trazos que producen un cuerpo por medio de la gradualidad le otorgan una expresividad viviente.

El pintor Carlos Larracilla comenzó reuniendo en sus primeras obras elementos surrealistas paráfrasis de versiones alternas de cuadros de Van Gogh a Rembrandt pasado por Vermeer. Durante las etapas posteriores la influencia de la pintura holandesa evoluciona a filtrar los valores esenciales de una pintura consciente de las bases que la generan, para Carlos Larracilla es el eje central que posibilita que la veracidad de la imagen pueda sostenerse.
Nosotros y aquello que hurgamos con la vista permanece separado, tener claro este aspecto es crucial en la forma en que confrontamos las visiones de Carlos Larracilla. La estética que propone no recurre a la persuasión complaciente al contrario desafía y aleja el hecho simplificador de la inmediatez irreflexiva, de pronto sus quimeras de mujeres jirafas extiende la metáfora a los rostros blanqueados a manera de un reinicio de la identidad. La belleza que atrae contiene rasgos de lo general acotado por los ritmos que particularizan a estas mujeres únicas e introspectivas. El artista inserta sutilezas como la de representar el polvo de las habitaciones movido por el vaho de la respiración. Las estampidas y los suspiros son equivalentes anímicos.
La parte animal que Carlos Larracilla integra es el lado indescifrable de los seres, en medio de la sombra ilegible localizamos la certidumbre que brinda la belleza. Los peces y la sangre o la luz y sus misterios, entre la música ejecutada bajo un hechizo serían menciones indirectas a lo intangible dentro de la experiencia espacial. Carlos Larracilla construye las formas anatómicas desde una interioridad donde confluyen rastros de realidades previas.



Entre los comedores de papas de Van Gogh y la cena de Emaús de Rembrandt o Caravaggio, hay una trama subyacente que relaciona a los seres pero que evidencia sus diferencias. La cotidianeidad puede bordear con lo sagrado en la medida que resignifica mucho de lo que descartamos. Carlos Larracilla comprende la relación de tiempo y espacio para que el encuentro suceda a través una especie de toma de consciencia. Desprovisto de la carga de elementos fantásticos reconocibles de la etapa inicial de su obra. En el presente Larracilla evoca el desconcierto el cual nos recuerda que estamos por despertar.
