Por: Germán Laris
Los personajes que representa Nidia González parecen perdidos dentro de ellos mismos. El lugar físico en que los enmarca evidencia la espiral de espíritus extraviados en la vida real, sus miradas y cuerpos reflejan algún desacomodo anímico sutil, el cual los aborda acaso el saberse retratados para ser puestos ante un público que sabe menos sobre la incertidumbre secreta de sus almas.

Nidia González acierta en observar detalles que no reduce a transcripciones fotográficas, si no que nutre de sustancia cromática y de percepción de superficies espaciales. La artista es consciente que el oficio concreta con mayor soporte sus contenidos. En el trabajo de Nidia Gonzales el modo en que observamos establece una dinámica de ubicación, aquella qué describe el aislamiento de hombres y mujeres que conforme los contemplamos van alejándose dentro de sí mismos. El entorno es la línea de una espiral que define aquello que somos humanamente, Heidegger propuso la construcción de un ser-en-el-mundo que también puede recortarse dentro de escenas que la mente de Nidia Gonzales, ella los muestra en forma de momentos autónomos e incidentales.



El inteligente abordaje de sus imágenes evitan el exaltar de cualquier mofo las expresiones, lo interno queda sugerido para confirmar que tal vez no existe una trama predeterminada en esta desconexión silenciosa, es un reiterado indicio de un aislamiento mutuo. Nidia González realiza un ejercicio de pensamiento alrededor de seres habituales que bien podrían no atraer el estar atentos al transitar, pero que tienen algo a lo que no somos por completo ajenos. Sin saberlo el aislamiento intercambia sus signos y su belleza proviene de aprender de una vez por todas a permanecer callados.
