Alfredo Langarica

Por: Germán Laris

Las descripciones de las esculturas prehispánicas vistas y pensadas por Alfredo Langarica cuentan con un sincretismo que transita el autor con elocuencia; de la ironía inmediata al sutil misterio de un tejido cultural y simbólico. Aquello que no tenemos claro de las otras épocas nos es sugerido a base de indicios que dejan huellas en la avidez por encontrar sentido. En la obra de Alfredo Langarica el asombro que transmite a través de juegos de incrustación de la vida moderna aparentemente contraria a la placidez de mujeres sonrientes o luchadores dispuestos a bailar.

El artista convierte el deseo por contemplar el pasado en un ejercicio creativo a nivel intelectual, en nuestra tentativa por soñarnos bajo imperativos de mundos previos lo imaginario amplía sus márgenes.

Alfredo Langarica también recurre a paráfrasis como la efectuada con la fuente de Marcel Duchamp a la cual Alfredo Langarica llena de personajes reducidos que usan como piscina la célebre obra, esta banalización conduce a cuestionar el lado formal que es impuesto por el peso de la historia, de tal modo que las latas de Piero Manzoni o una alcantarilla tienen ese encuentro que describen los surrealistas entre una máquina de coser y un paraguas sobre una plancha de operaciones. El arte prehispánico que retoma e inventa en otros casos Alfredo Langarica parte de cierta desobediencia, la imaginación busca espacios discursivos para revitalizar los vestigios de culturas aplastadas por versiones hegemónicas de cómo entendernos frente a la experiencia de estar vivos. El arte de las culturas previas a la conquista habla en voz baja de una visión que también durante el presente; excluimos.

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