Juan Carlos Oscos «Piel Revelada»

Por: Germán Laris

El cuerpo velado, contenido y oculto a la vista general, es deshojado por el dibujante y confirmado por la pintura. Juan Carlos Oscos desarrolla un conflicto entre la superficie sugestiva —ese velo que reúne sombra y luz— y la carne viva.

Oscos delinea las zonas transparentes a manera de frontera material; una luminosidad que traspasa y quema. Por ello, los hilos, clavos o puntadas trasgreden la piel sensible de los materiales de soporte. La línea de contención, el contorno, así como los dintornos, puntuaciones o trazos internos, dialogan con un escarbar en la forma el signo presencial de lo reconocible: los pájaros muertos posan involuntariamente; las mujeres, detenidas en la contemplación de las sensaciones.

Juan Carlos Oscos trama una serie de diagramas, no ya del cuerpo en sí, sino de la memoria del seguimiento; de la escritura de constelaciones que lo proyectan. En ocasiones no retenemos la imagen exacta, lo que domina es la interpretación. La belleza lo es: la capacidad para horrorizarse puede crecer bajo el artificio que incida en dichos caracteres expresivos.

El artista toma facetas contrastantes sobre la tonalidad emotiva de los cuerpos recorridos por el trazo y la vista. El rostro, deformado por la impresión de la mirada o por la desmemoria, abre a la mente reductos para contenerse. Lo real es lo que vemos en el instante o lo que la fotografía comenta visualmente. Estos suplementos aleatorios suelen naturalizarse porque aparecen de modo disperso; Juan Carlos Oscos les coloca una aguja y, al usar un hilo, pareciera que los domestica.

Finalmente, la tela teñida de residuos reúne huellas del tiempo detenido, mientras el reloj de la carne no suspende su paso: cuando las células muertas desprendidas sombrean el polvo de las habitaciones.

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