Catalogo Arte con Trayectoria

Por: Germán Laris

El arte vivo es experimentado siempre en primera persona. Entre el artista y el espectador intermedia la obra a modo de un reservorio de conocimiento condensado. El diálogo comienza cuando los observadores reconocen alguno de los hilos que componen cada objeto artístico. En ello habita la cultura en común o la creación de realidades autónomas.

Si buscamos el fuego entre los grises del cuadro de Sofía Echeverri el color de la ceniza nos recibe como sensación absoluta. La máscara ancestral de una diosa de la cual extraviaran el nombre específico a través del tiempo nos recibe. La artista habla de un misterio ancestral que liga a la mujer agua a los procesos creadores de la naturaleza y fin de ciclo asociado con lo vivo. 

Si tratamos de ver en la Lilith pintada por Carlos Cortes a las diosas de distintas culturas qué unen las narraciones secretas que advertimos tienen una consecuencia con el tiempo inmediato. La serpiente encarnaría entonces nuestro miedo como especie a entender el dominio de la naturaleza y la batalla de la modernidad por apagar esa voz profunda. 

Si nuestra intención como espectadores desea apreciar los cambios sutiles la obra de Larracilla revela una calidad de lo apenas perceptible a primera vista. Sus personajes son damas fundidas con el elemento que es su dominio personal. Ellas son el agua traducidas en un cuerpo. 

En una semejanza pero aún más abstracto encontramos la obra de Adolfo Weber quien por medio de una corona que suplanta las espinas por flores de las que resta la síntesis de nimbos circulares. 

La exigencia de detectar algo que apenas es sugerido la tenemos en la pintura de Salvador Rodríguez de un paisaje iluminado en medio de la oscuridad. La diosa Nut de los egipcios da la denominación a nigth en ingles a noir en francés a noche. La visión de Salvador Rodríguez resulta desacralizada y sujeta al accidente de saberse desolado en medio de los espacios donde los seres aceptan perderse en el vacío de su sombra individual. 

Las Pink flowers de Carlos Torres son imaginarias. La corona de flores está sugerida por un tejido hexagonal de pixeles con esgrafiados graduales. En contraposición a esta obra encontramos las iluminaciones de Dan Montellano que haciendo uso de una lectura mental de dos polos de la apariencia nos remite a la fragilidad de la carne. Dan es un artifice de juegos que puntualizan un estado de cosas que ocurren simultaneamente y que disociamos para no adquirir consciencia sobre las consecuencias reflexivas de lo real. 

En la obra de Jessica Gadga la muerte equivale al vacío de la ausencia o de la duda que consume eso que entendemos por el alma. La conexión del Eros y Tanatos lo representa el toro en medio de las jóvenes que despliegan un teatro lúdico. En tales faenas las domadoras de galanes de Hirán Lomelí producen el aprendizaje de experiencias simuladas. La mentira es un juego de supremacías entre semejantes. Hirán Lomelí aporta el desconcierto de una alegría futura.

El castillo rodante de José Parra surge de una fantasía que pretendiendo lo sublime discurre sobre los logros personales que son el mausoleo constante de una vida que va de paso. Sobre grandes y pesadas ruedas. El monolito pétreo de un paisaje fallido que delineo Gilberto Ortega alias el Infeliz ilustra la zona limítrofe entre la supuesta obra de lo natural y la idea de permanencia que carece de esperanza. Sin embargo el humor y la ironía prevalecen acaso en el tratamiento plástico que el Infeliz realiza. 

Los monumentos de antiguas civilizaciones naufragan en frente de la nuestra y quedan reducidos a curiosidad turística. Cuando José Ignacio Solórzano JIS retrata a una familia abandonando una pirámide muestra al mar de mirones que suben y bajan las escalinatas que unían lo terrestre con el devenir de los astros en el cielo. JIS cuenta con el dibujo para describir gestos y expresiones puntuales. 

La pintura de Juan Carlos Manjarrez refuerza con la fotografía la ciencia de la observación milimétrica aproximándonos a los misterios implícitos del realismo y su veracidad elocuente. Su obra Refreshing es un salto al interior de las sensaciones. En cambio la estrategia constructiva de Pablo H. Cobián reúne lo disperso para solidificar la exploración detallada de accidentes.

Pensar el arte consiste en dar tiempo y espacio a catalogar los datos concretos o la silenciosa inquietud que acompaña el trabajo de cada artista.

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